Un día intenso entre La Rioja y Catamarca

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Por Mariano Bugallo

La lanza desafiante del Chacho Peñalosa apuntando hacia los llanos, nos daba la indiscutible certeza que estábamos llegando a la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja. Así de largo la llamó un tal Ramírez de Velasco, hace más de 400 años, cuando se encontró con ese paisaje que le hizo acordar a su española y homónima tierra natal que lo vio jugar de pequeño, mucho antes de que la vida lo convirtiera en un conquistador de la corona. Por más que sea otoño, el sol pega fuerte a la mañana ya que por estas tierras es el amo y señor de un cielo homogéneamente celeste.

la-rioja-catamarca-argentina-054-054online-2No hay mucho que ver aquí, dicen, y es cierto que se trata de una de las provincias con menos reputación turística, aunque en auge en los últimos años. De todos modos, tenía la sensación que pasear por una de las primeras ciudades del país podría darme algo para contar. La Rioja aún guarda el estilo colonial de sus primeros años en el centro del casco urbano. Manzanas cuadriculadas y calles angostas que desembocan en la plaza principal que reúne a su alrededor los principales edificios públicos de la época: la Casa de Gobierno, la Catedral, el Poder Judicial, el Club Social donde se reunía la aristocracia a mover las fichas de los destinos de la región y una iglesia por cada orden religiosa, tal como lo dispuso su fundador en el nacimiento de la capital.

Pero el plan no era quedase en la ciudad, por supuesto. La idea era tomar la ruta 9 que cruza todo el desierto hasta Aimogasta y desde allí transitar parte de la Ruta del Adobe, hasta llegar a la ciudad catamarqueña de Tinogasta. Dos provincias de un tirón.

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Salimos bien temprano por la mañana. Hay que aprovechar el día porque las distancias entre los puntos de interés son muy largas y uno se pasa gran parte de la jornada en pleno andar. Igualmente, reconozco que es lo más me gusta de viajar. Creo que muchas veces, se disfruta más del trayecto de llegar de un lugar a otro que del destino en sí mismo.

Percibía que el camino iba en un leve pero continuo ascenso que se confirmó cuando de repente, llegamos a un punto panorámico donde se podía ver una larga cuesta y la ruta que trazaba una línea perfectamente recta hasta perderse en la inmensidad del horizonte. Un cartel indicaba que debíamos doblar a la izquierda para visitar al Señor de la Peña.  Ahora, este desvío, transitaba por una agreste sierra entre curvas y contracurvas hasta caer a un valle donde yace una roca que vista desde una perspectiva particular, dibuja el perfil de un rostro humano que los lugareños veneran desde tiempos inmemoriales adjudicándole varios sucesos milagrosos. Creer o reventar. Lo cierto es que todos los años, para Semana Santa, miles de peregrinos de todo el país se acercan con promesas o agradecimientos a este tal Señor de la Peña.

A pocos metros de allí, hay un lugar increíble y poco conocido: El barreal de Arauco. Es una especie de playón natural conformado por un suelo de tierra tan arcillosa que tiene la dureza de un piso de cemento perfectamente alisado. Además, está completamente descampado, con lo cual los constantes vientos que se producen allí, lo transforman según la época del año, en el lugar ideal para la práctica de un deporte muy particular como el carrovelismo. Se trata, justamente, de un carro impulsado a vela que si el clima ayuda logra tomar velocidades extremas. Sería, nada más y nada menos, que un barco con ruedas y por más loco que suene, es como navegar en el desierto. La extrema aridez y llanura del sitio, le regala todo el protagonismo al cielo que con sus nubes provoca una magia que solamente he visto en las Salinas Grandes de Jujuy.

La ruta nos lleva unos cuantos kilómetros por la mismísima nada, hasta pasar por Alpasinche. La monotonía del desierto sólo deja lugar a algunos arbustos pelados y un altar improvisado al costado del camino que conmemora a un santo difunto pagano de los caminos: El Degolladito. Finalmente, llegamos al cruce de la mítica Ruta 40, que ha inspirando a tantos viajeros y que nos indica que estamos entrando a Catamarca. Confieso que tuve el impulso de largarme a ella, pero nuestra ruta era otra, seguimos por la 60, la Ruta del Adobe.

Con el pico nevado del Famatina, vigilándonos desde La Rioja como un centinela, seguimos adelante mientras el terreno empieza a elevarse poco a poco. Al lado de la banquina, aparecen señalizadas primeras iglesias históricas en barro, en pueblos tan desolados como Cordobita y el Salado. En este último sucede un imprevisto que cambia el viaje rotundamente: nos encontramos con un piquete.

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La situación es curiosa: los hombres a un costado mientras las mujeres cortan el paso. Me bajo del auto para charlar con ellas y su reclamo me parece tan justo que decido acompañar la protesta. Me cuentan que hace dos años que no tienen médico en el pueblo y manejan certera información de que la gobernadora debería pasar por allí tarde o temprano, dado que participa de un banquete en un pueblo cercano llamado La Puntilla. También me aseguran que me dejarán pasar en dos horas, me recomiendan lugares para conocer y se lamentan de que mi excursión por la provincia sea sólo por un día. De repente, llegan los señores de corbata. Una comitiva se acerca con el Secretario de la Gobernación, una funcionaria y el Concejal. Hay tres policías cruzados de brazos que por supuesto, son amigos o familiares tanto de los protestantes como de los protestados, con lo cual pierden cualquier tipo de seriedad en el pleito. Todos discuten, disuaden, prometen, pero el pueblo está decidido, no se moverán de allí hasta hablar con la máxima autoridad.

Pasada las dos horas, cumplen con su palabra y nos dan vía libre. A los pocos metros vemos pasar en sentido opuesto a una caravana de autos oficiales y pienso que no se imaginan lo que les espera. Pero nosotros ya dejamos la política, para volver al turismo. Nos metemos de lleno entre las montañas, en un paisaje que nos empieza a regalar maravillosos cerros de colores. Costeamos un rio seco y las viejas vías de un ferrocarril que vaya a saber uno cuánto hace que no funciona. Entre las quebradas fabulosas de nuestra cordillera llegamos a Copacabana, un pueblito pintoresco,  construido en adobe. Allí visitamos la Iglesia, la antigua estación de trenes y recorrimos sus calles color terracota que guardan ese encanto del noroeste que hace que uno se repregunte mil veces por qué vivimos en la ciudad.

A pocos kilómetros de allí, en La Puntilla, aparece una gran casona colonial de adobe que nos obligó a hacer una parada para conocerla. Era la Finca La Sala, edificada en 1850 con un estilo neoclásico, muy distinguido para la época. Nos atendió su dueño y nos mostró toda la mansión, que pertenecía a la aristocracia de la época, hasta que la compró su padre que se la dejó como herencia. Ahora es su casa y museo, ya que guarda los antiguos muebles y obras de arte, más una colección  personal de arqueología indígena. Además es un negocio que funciona como salón de eventos, restaurante, alojamiento y almacén productos regionales propios que van desde dulces, artesanías y hasta vinos. “Hay que hacer de todo un poco, pa’ no aburrirse acá”, dice jocosamente. Nos contó le gustaría dejarle el negocio a sus hijos, pero que no soportan más de diez días en el pueblo y nos sugirió que apuremos la marcha hasta Fiambalá que merece ser visitado. Así que nos despedimos, y seguimos viaje hasta Tinogasta por el paisaje serrano, rodeado de viñedos. Llegamos a la ciudad con muy poca luz, y como ya todo estaba cerrado decidimos decretar el final de un viaje que por suerte no salió como planeábamos, porque lo mejor de los viajes sucede fuera de los planes.

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