Celebrando la vida: Pachamama en Humahuaca

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Por Rael

Jujuy es el mejor lugar para encontrarse con agosto, porque se celebra la Pachamama (la madre tierra). Casi todos lo festejan el primer día del mes. Y a mí me tocó vivirlo en la hermosísima Humahuaca, donde conocí al amigo Rubén. Él me presentó a Carlos y Teresa Cruz, un matrimonio de humahuaqueños, gente cálida que me invitó a la celebración en su casa y a la noche previa para ver la preparación de la comida, ollas al fuego de leña que iban poniendo a punto la tijtincha: habas, mondongo, patas de cordero, maíz para el mote, papa, quínoa, en una cocción que llevaría toda la noche.

Otros amigos que conocí allá, Mariela y Petty, me invitaron a vivir un momento íntimo a la media noche, junto Rubén y Anabelle, francesa que traía desde su lejana Normandía muchas ganas de vivir esto. Se trata del sahumado, una bendición para alejar malos espíritus y proteger la casa. Unas brasas dentro de una lata producirán humo cuando sobre ellas se arroje incienzo, mirra, romero, koa y yerba. Hay que sahumar toda la casa, especialmente puertas, rincones y muebles viejos. Y también a los invitados. Luego chayamos: cada uno a su turno echó sobre la tierra hojas de coca, alcohol, licor, vino, cerveza. Se remata con un fondo blanco de alguna de esas bebidas. El final fue un lujo: unas coplitas cantadas por Maryta, maravillosa cantante humahuaqueña que pasó a saludar, y Mariela.

Al otro día fuimos con Rubén y Anabelle a la casa de Carlos y Teresa para almorzar y ser parte de la ceremonia. Aquella comida cuya preparación presencié la noche anterior, estaba deliciosa, el encuentro con su familia y amigos fue genial y no faltó el vino para chayar con la tierra y para disfrutarlo a lo largo de toda la tarde. Un rato después del abundante almuerzo, Carlos clavó su cuchillo en el mismo lugar en el que año a año se hace el pozo en el que, una vez abierto y debidamente sahumado, estaba listo para recibir las ofrendas de los invitados. Pero antes, cada uno de los presentes clavó un cigarrillo encendido alrededor del pozo: dicen que de acuerdo a como se consuma será tu suerte el año que empieza hasta la próxima pachamama (en el mío la ceniza se consumió vertical sin curvarse hacia un costado y me dijeron que eso era un muy buen augurio). Luego fuimos pasando de a dos para echar allí un poco de todo lo que la tierra nos da: hojas de coca, chicha, yerbeado, licor, gaseosas, vino, cerveza… esta vez fue doble el fondo blanco: uno de vino y otro de licor. Al final, Carlos y Teresa convidan a la Pacha una parte de todo lo que comimos un rato antes y cubren el pozo con tierra. Pozo que se abrió y se cerró con oraciones y buenos augurios para todos los que compartimos aquel momento tan especial. La tierra, la pachamama, ya había recibido nuestro agradecimiento por su generosidad.

¿Por qué todo esto? “Todo lo que la tierra produce, le volvemos a dar a ella, para que el año que viene siga habiendo” me cuentan los dueños de casa. “Es nuestra tradición, el festejo más grande que hacemos: venerar a la tierra, darle de comer y de beber. Nosotros le decimos chayar o corpachar: darle todo lo que nosotros consumimos pidiendo que nos siga dando”. Esa conexión con la tierra va a quedar para siempre en mi recuerdo y en agosto chayaré con la Pachamama.

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