Iguazú: las cataratas y mucho más

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Nota y fotos: Ariel Dress y Laura Abigador

La trompada que nos dio el calor y la humedad ni bien bajamos del avión fue un nock out, pero enseguida la selva y esa tierra rojiza nos sedujeron para empezar a vivir este viaje a pleno.

Estábamos alojados a 5 kms de Puerto Iguazú, así que aprovechamos para caminar hacia allí. De camino nos llamó la atención un cartel y nos metimos a conocer la comunidad Aborigen Guaraní “Yriapú”, donde sus habitantes nos invitaron confianzudamente a conocer el lugar.

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Al día siguiente ya empezaba la aventura. Estábamos ansioso por conocer las Cataratas. Ni bien llegamos al P.N. Iguazú decidimos internarlos en la selva con un camión todo terreno. Nos dejó a orillas del Río Iguazú donde nos subimos a un gomón que nos llevó a toda velocidad directamente debajo de una de las caídas más grandes de agua… estabamos fascinados… qué mejor manera de conocer las cataratas que desde adentro mismo de ellas! Nos empapamos por completo, pero la experiencia fue increíble.

Después sí, nos dedicamos a recorrer cada una de las pasarelas, senderos y caídas de agua de todo el parque. Bajo lluvias torrenciales o a pleno sol, el tiempo estaba loco, no importaba, estábamos impactados frente a semejante espectáculo natural. Terminamos junto a la famosa garganta del diablo. Nos quedamos un largo rato atónitos mirando como caía tanta agua y con tanta violencia.

No salíamos de nuestro asombro por lo que habíamos vivido en las Cataratas que ya al otro día estábamos subidos a una 4×4, con dos mexicanos y un australiano con pinta de chino, que nos llevaría a vivir una verdadera aventura en la selva, sin turistas (sólo nosotros), sin tickets y casi sin civilización… selva virgen. Llegamos al Parque Provincial Urugua-I donde hicimos una caminata por la espesa selva donde nos encontramos con toda clase de bichos, aves, plantas y todo tipo de mariposas. De hecho, a pocos metros de empezar nos cruzamos con una serpiente coral. Nos acercamos todos a verla hasta que el guía, nos dijo muy tranquilo que la miráramos todo lo que quisiéramos, pero que si nos lograba morder nos mataba… mamita, la dejamos ir enseguida.

Desde acá nos fuimos a almorzar a un pueblo llamado Andresito, nombre que pertenece a un antiguo aborigen revolucionario de Misiones. Con la panza llena nos internamos nuevamente en una parte del parque aún más agreste, a duras penas la 4×4 podía transitar esos caminos. Llegamos a un río totalmente de color rojizo. El lugar era un paraíso, sólo se escuchaban los sonidos de las aves. El calor agobiante hizo que todos nos diéramos un chapuzón… fue muy divertido ya que había una soga atada a una rama para tirarse al agua. Ya fresquitos y con las energías algo renovadas nos subimos a un gomón y navegamos río arriba hacia el corazón de la selva. Nos sentíamos como en un documental por el Amazonas. Las picaduras de mosquitos y vaya a saber uno que otro tipo de insectos no paraban de picarnos. La corriente se hacia cada vez más fuerte y los brazos no nos daban para remontarla, así que nos bajamos a remolcarla desde el agua misma… agotador, pero qué bueno que estuvo. Al regreso, algunos rápidos nos permitieron hacer una especie de rafting.

Del regreso a la civilización no tenemos muchos datos, todos caímos rendidos en un sueño profundo hasta llegar al hostel.

Amanecimos al fin con un día de pleno sol. Aprovechamos la mañana para descansar y disfrutar de la pileta. Un poco de lectura, algunas caipirinias y charla con gente de todo el mundo. Así pasamos el día, bien tranquilos, ya que al siguiente nos esperaban otros desafíos.

Nos pasaron a buscar bien temprano, esta vez nos tocaba conocer el lado brasilero. Entramos al Parque Nacional Do Iguaçu y empezamos haciendo un trekking de unos kilómetros por la selva hasta llegar al Río Iguazú. Allí paseamos un rato en una lancha hasta llegar a un insólito lugar en medio del río, que en esa parte tiene como 600 metros de ancho, en donde estaban anclados varios kayaks. El guía preguntó quién se animaba a subir y remar hasta un puertito ubicado 3 kilometros antes de la caída de “la garganta del diablo”. Obviamente nos subimos y nos lanzamos al río sin saber demasiado. La verdad que fue una buena prueba para saber qué tan sólido estaba nuestro matrimonio, porque la coordinación que hay que lograr para poder avanzar correctamente fue bastante complicada para dos inexpertos como nosotros. A pesar de varias discusiones en pleno río logramos llegar al puerto sanos y sin divorcio en puerta. Estábamos agotados, no sentíamos el cuerpo, pero igual nos tomamos nuestro tiempo y recorrimos tranquilos todas las cataratas. Todas las vistas son espectaculares. La diferencia con el lado argentino es que las vivís más de cerca y del brasilero las ves más de frente como una panorámica.

No satisfechos con todo lo que estábamos haciendo nos subimos nuevamente al gomón que pasa por debajo de las cataratas. Esta vez llegamos casi casi hasta la mismísima garganta del diablo… un locura. Daba la sensación que toda esa agua nos iba a devorar… Espectacular!!! Encima llovía a cántaros, no sólo nos empapamos sino que increíblemente estábamos muertos de frío.

Iguazú fue realmente intenso. Nos sorprendió muchísimo lo imponente de las cataratas y la mágia que envuelve la selva (que ojalá se pueda mantener lo poco que queda). Estar 4 ó 5 días fue ideal, aventura y relajo… una combinación perfecta.
La última noche fuimos a cenar con nuestros amigos mexicanos, Hugo y Carlos. Al volver al hostel se había armado la joda. Baile y chupi por todos lados. Una cierre ideal para un viaje de aquellos…

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