Iberá: El reino del agua

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Por Ariel Dress (excepto “Rosario”  por Germán Dress) / Fotos: Ariel y Germán

Salimos a la ruta y fuimos directamente a la Colonia Carlos Pellegrini, en el corazón de los Esteros del Iberá. Previamente tuvimos que parar en Mercedes a cargar nafta ya que allá no hay. Nos habían hablado muy mal del estado de ese camino, pero después de recorrerlo nos dimos cuenta de que no era para tanto. Acá empezamos a sentir los esteros: calor insoportable y los carpinchos que no paraban de cruzarse por delante nuestro.

A la mañana siguiente, junto a Emilio (el guía) y con un día espectacular, estábamos arriba de una lanchita yendo a ver a las estrellas de la zona: los yacarés. Luego de navegar un rato por la Laguna Iberá y de internarnos entre islotes y canales repletos de carpinchos, aves de todo tipo y mucha vegetación, llegamos a verlos. Los teníamos ahí, a no más de medio metro del bote. Son bichos impresionantes… daban miedo. En un momento llegamos a estar rodeados de más de 40. El contraste que estábamos viviendo era impresionante: por un lado la ternura de los dos ciervos que vimos entre los matorrales y por otro la agresividad de semejantes bestias.

El lugar tiene una inmensidad y un silencio muy relajante. Sólo se escuchaban los sonidos de las aves. Naturaleza pura. Ya era el mediodía y el calor se hacía sentir. Volvimos a la pileta y a la fresca sombra de la posada.

A las 5 de la tarde, cuando el sol se hacía más benévolo, nos subimos nuevamente a la lancha para ir del otro lado de la laguna. Acá la vegetación era más tupida y se veían menos animales, pero navegando cerca de la orilla, vimos una boa enorme y nos bajamos sin dudarlo para verla de cerca. Tan de cerca estábamos que hasta nos animamos a acariciarla… una experiencia increíble.

El calor no cedía, así que paramos en medio de la laguna para darnos un chapuzón. A esta altura estábamos tan acostumbrados ver yacarés y carpinchos que era como ver perros en la calle. Pero igual les seguíamos sacando fotos. El atardecer se hizo mágico. El agua estaba planchada. El silencio profundo. Pocas veces viví un momento de paz tan grande como ése. No hacía falta sacar fotos para recordarlo… sólo había que sentirlo.

Al día siguiente caminamos por el pueblo y fuimos al centro de interpretación donde vimos monos y hasta una serpiente deambulando por ahí como si nada. Así es este lugar… naturaleza salvaje en cada rincón. Maravilloso, eso es lo que habíamos venido a buscar.

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Esa misma tarde dejamos Iberá y de curiosos pasamos por el santuario del Gauchito Gil, en las afueras de Mercedes. Nos sorprendió ver a tanta gente. Todos agradeciendo por la ayuda recibida o pidiendo por trabajo y salud. Gente que le cantaba canciones, que le encendía velas, que le regalaba objetos personales. Fue interesante.

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De ahí nos fuimos directamente a Colón, en Entre Ríos, lugar al que llegamos de noche y agotados. Igual al otro día salimos temprano para el Parque Nacional El Palmar. Miles y miles y miles de palmeras por todos lados. Un paisaje poco común, ideal para recorrerlo en bicicleta.

De acá fuimos a un pueblito muy particular: Liebig’s, donde años atrás funcionaba un enorme frigorífico que fabricaba carne enlatada para los soldados de la 2da. guerra mundial. Hoy el lugar está casi desierto.

Cerca del mediodía  nos encontramos con Alfredo, listos para salir a recorrer el Río Uruguay en canoa. Remamos unos kilómetros hasta llegar a unos lugares que jamás creíamos que existían por acá: médanos de arena en medio del río.  Fue alucinante, no podíamos creer dónde estábamos. Arena bien finita y el agua calentita. Parecía el Caribe. Nos dimos unos chapuzones, caminamos por enormes bancos arena y hasta nos metimos dentro de la selva, donde nos trepamos por lianas a lo Trazan y nos picaron cientos de mosquitos. Parecíamos unos salvajes. Hasta nos cubrimos con un barro de la orilla que según prometía Alfredo nos iba a dejar la piel como nueva. Y así fue. Estábamos relajadísimos. Ahí mismo vimos el atardecer y luego regresamos en silencio, en medio de la oscuridad del río… pero a motor.

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Mientras a mi se me terminaba el viaje, Germán se fue para Rosario.

ROSARIO > Llegué ese mismo día con una lluvia como ducha y me la pasé en el hostel haciendo de amigos. Entre vinos y un poco de reggae estuve buscando la mejor opción para la noche. Pintaron seis rosarinas que me llevaron a bolichear, era inmejorable: yo y las seis… joder!!! La pasamos muy bien, lástima que todas tenían novios… Igual con todas no iba a poder…

Al otro día recorrí la ciudad. A pleno sol caminé hasta la casa natal del Che Guevara y luego llegué al famoso monumento a la bandera. Saqué un par de fotos y subí ya que desde arriba tenía una vista espectacular de esta hermosa ciudad y del Río Paraná. Después di un paseo por la costa, donde hay un montón de actividades, ferias y shows. Caminé hasta que se hizo de noche.

viaje ibera colon rosario corrientes santa fe entre rios argentina 054 054online-26Al día siguiente era mi turno de volver, pero antes quería salir a remar. A puro corazón me levanté, agarramos los kayaks y al agua. Remamos hasta una tranquila isla donde paramos a tomar unos mates, a contemplar el paisaje y a llevarme de regreso la última postal de este intenso viaje.

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