Génesis Ona

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Por Rael

Fueron los que encendieron aquellas fogatas que iluminaban la noche y que le dieron su nombre a la isla de Tierra del Fuego. Sus vecinos del sur, los yaganes, los llamaron onas. Sus vecinos del norte, del otro lado del Estrecho de Magallanes, los aonikenk o tehuelches, los llamaron selknam.

Fueron los que contaban que un día el único dios, Temáukel, el supremo hacedor, el que habita en cielo del este, envió a Kenos con la misión de darle vida, formas y colores al paisaje de la tierra que por entonces era un desierto frío y oscuro. Cuando su tarea concluyó, con un puñado de turba del suelo moldeó dos figuras, dos formas extrañas y diferentes. Al caer la noche, Kenos se fue a descansar. A la mañana siguiente, encontró a un humano junto a su obra. Y a la mañana siguiente otro. Y así, mañana tras mañana. Algunos tenían una de esas formas moldeadas entre sus piernas. Algunos tenían la otra. Hombres y mujeres, con sus órganos sexuales a imagen y semejanza de lo que había moldeado Kenos, iban apareciendo cada mañana. Los primeros selknam que poblaron la tierra por él creada. Les dio el habla y las leyes y normas que debían observar para la convivencia. Los separó en grupos para ocupar haruwens (territorios) que los proveería de todo lo necesario para vivir.


Fueron los que, muchos años después de que Kenos volvió al cielo, vieron caer sobre ellos la sombra del genocidio, la cacería humana con la que el hombre blanco devastó sus tierras a finales del siglo XIX.

Pero para siempre, en el fin del mundo, quedó la historia del comienzo del mundo.

Población selknam desplazada por la fuerza en la época de su genocidio. Foto de 1896 de Fernando Lahille.

Documental

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