Muy cerca de las ballenas en Puerto Pirámides

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Nota: Ariel Dress – Fotos: Laura Abigador

Lo primero que hicimos al llegar a Puerto Madryn fue acercarnos a la playa para ver si nos encontrábamos con alguna ballena. Y había varias, no muy lejos. Es un privilegio tenerlas ahí, al alcance de los ojos, no parás de decirle a los que te rodean “Ahí hay una!”… “Allá otra!”… “¿Viste cómo saltó esa?”… así todo el tiempo. El espectáculo nunca cansa. Es la previa perfecta para el gran encuentro que tendríamos con ellas al otro día.

Si bien ya habíamos hecho un avistaje de Ballenas Francas en otro viaje, años atrás, la emoción de volver a hacerlo era como si fuese la primera vez.

A media mañana salimos con el auto, con mates y medialunas de por medio, y obviamente abrigados hasta los dientes, hacia Puerto Pirámides, previo paso por el Centro de Interpretación de Península Valdés, donde te cuentan y te muestran un poco todo lo relacionado al lugar y a las especies que lo habitan.

El día zafaba bastante bien, despejado pero con algo de viento. Mientras el guía de Bottazzi nos daba los chalecos salvavidas antes de subir a la embarcación, nos decía que había muchas ballenas, pero que con viento norte había que tener algo de paciencia para verlas.

No se equivocó. Al principio se hicieron desear, la impaciencia se sentía, pero al rato aparecieron las primeras, al lado del bote, gigantes, enormes, una madre y su ballenato. Son momentos únicos, estar frente a semejante espectáculo de la naturaleza. Enseguida empezamos a divisar más y más en los alrededores, a lo lejos una saltaba sin parar, del otro lado otra mostrando sus aletas. El capitán del bote se les acercaba sigilosamente, se presentaba, nos decía que así se hacía amigo de ellas, para que nos acepten y nos dejen estar ahí. En un momento parecía como que nos alquilamos a una, se quedaba a nuestro lado, floreándose y mostrándonos todas sus habilidades, se ponía de panza, nos mostraba su cola, su indescifrable cabeza, todo el espectáculo completo.

Los guías nos contaban que llegan a medir unos 20 metros de largo y pesar hasta 40 toneladas. Y que los ballenatos toman unos 300 litros de leche al día. Llegan a esta zona de golfos por sus tranquilas aguas, entre los meses de junio y diciembre, donde se reproducen, dan a luz y alimentan a sus crías.

Sacamos muchas fotos, pero también nos dimos el tiempo de disfrutarlas sin mirar a través de la cámara… algo imprescindible y muy recomendable. Te enamoran, no paran de sorprenderte con cada movimiento.

Siempre querés más, pasar más tiempo ahí, disfrutándolas, por eso al regresar, nos fuimos directamente a un mirador a unos 5 kms de Puerto Pirámides, donde hay una lobería ytodo el Golfo Nuevo para contemplar. Aunque a lo lejos, seguíamos viendo ballenas por todos lados, con el atardecer de fondo. Inmejorable manera de terminar el día.

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